lunes, 30 de julio de 2012

Las Mañanas Nocturnas de Lord Mike VI - Keep Running

Una vez más les doy las gracias a dos apreciados amigos, el invierno y las vacaciones, nuevamente dejan la ciudad a mi merced. Como a una persona indeseable, la gente evita lo más posible encontrarse con el frío despejando las calles que recorro tranquilo.Los colectivos llevan tanta gente como un taxi, nadie sale si no es estrictamente necesario.

A medida que la mañana nocturna se va volviendo mañana diurna un colectivo arranca, a unos 8 metros un hombre de unos 70 años emprende una carrera sin probabilidades de 
éxito, los años vividos ahora le impiden correr suficientemente rápido para llegar a tiempo al colectivo. Detengo mi caminar, retrocedo dos pasos, descubro mi rostro y digo fuerte: "CHOFER" el colectivo se detiene y el chofer me mira por la puerta, le señalo al anciano que continuaba su carrera, al pasarme cerca con escaso aire en sus pulmones llega a darme las gracias y sube al colectivo.

Ah, que bien me hace sentirme un 
héroe. Pero el verdadero mérito es para el señor que acumula décadas, el empezó una carrera que sabía no podía ganar pero gracias a que no desistió lo pude ayudar, si de entrada él se hubiera resignado yo no hubiese notado que precisaba ayuda y por ende vaya a saber cuanto tiempo pasaba en el frío hasta el próximo colectivo. Lo mio fue un buen gesto, lo de él una excelente actitud.

El anciano demostró que hay que perseguir cosas fuera de nuestro alcance, por que no deberíamos descartar que algo o alguien, cambie las probabilidades.




lunes, 16 de julio de 2012

Las Mañanas Nocturnas de Lord Mike V - Sensación de Inseguridad Musical

Era un desayuno atípico para mí. Era un desayuno a la mañana (igual, aún era de noche). El metódico desayuno con leche descremada, 2 sobres de edulcorante, 30% de cereal, 6 galletas de agua, y otro 30% de la taza en cereal.

La radio me molesta, pero no me deja apagarla. Empieza a sonar un cover de los Beatles bastante agradable que llego a disfrutar, pero poco antes de concluir tanto el tema como mi taza, noto que lo pude disfrutar dentro de todo por ser un cover, ya que al tema original... me lo robaron.

El tema original me fue sustraído por una mendocina, de nada sirve hacer la denuncia a la policía, aún cuando mis pruebas sean suficientes no hay solución alguna que la policía me pueda brindar, esa canción nunca volverá a ser mía. Cada vez que la escuche, aunque esté distraído, llegará un estribillo o una estrofa que me recordará a ella, a su robo. Como visita inesperada e indeseada aparecerán en mi mente memorias de su sonrisa, de su tonada, de su mirada pícara, de las charlas, de su nariz fea, de situaciones y de sus besos, pero por sobretodo, del momento mismo en que compartimos la canción, ni se me ocurrió pensar por aquel entonces que estaba siendo victima de un robo.

No fue la única canción que me robo, pero la otra no me importa tanto, tampoco fue la única ladrona, otras me han robado "Down With My Baby", "This Is Goodbye", "Ain't no sunshine" y algún que otro tema romanticon pasajero. Por eso trato de ser más cuidadoso en cuanto a qué escucho con quien, para no sufrir robos importantes, pero los robos menores (canciones que no me gustan demasiado) no dejan de ser una molestia en algunas 
ocasiones.

Sólo espero haber podido robar algunas yo también, pero esa es una triste particularidad de estos crímenes nefastos, quien roba ni sabe ni disfruta lo robado.


jueves, 12 de julio de 2012

007 - La Nieve como Arma Extraterrestre, y otros Trastornos Imaginativos Nacionales


10/07/12 F

De mi sueño, o serie de sueños, sólo recuerdo que figuraba Estonia y probablemente los otros estados bálticos. No sé porqué. Tampoco entiendo del todo por qué pienso en mi niñez, entiendo que hoy me es permitido acceder a un modo imaginativo infantil. Salgo a la calle bajo el cielo de plomo, la manta blanca que se extiende sin pliegues por la ciudad cruje mientras se comprime bajo mis zapatos. Ya en la garita, veo que las luminarias cumplen su trabajo precariamente, con la indiferencia de un empleado que sabe que no será despedido ni ascendido jamás. Mi imaginación infantil me dicta: es un genio que puede invocarse sin hacer demasiada mella a las reservas de maná de la ciudad. Sólo sostiene una antorcha débil, y sabe multiplicarse indefinidamente. Con la certeza de los sueños, lo imaginé muy alto y delgado, con la piel y la carne transparentes, los huesos translúcidos y la cabeza de un animal parecido a un chivo. Modo imaginativo infantil, activado. A todas luces. Forcé al colectivero imbécil con la mirada hasta que contestó mis buenos días, pasé la tarjeta y procedí a tomar asiento.
La ciudad y su gente y sus cosas, hermanada conspirativamente contra mí a través de este hardware cristalizado y fractal, finge ser una ciudad. Fingiré fingir ser una persona, entonces, para no despertar sospechas. Miro por la ventana, rehusándome a creer que todo lo que veo es todo lo que hay. Debe haber algo más, aunque sea hostil o, me dicta mi imaginación infantil y escapista, aunque sea la mano siniestra de los Derinja.

006 - *pei-


02/07/12 F

No es que sea un tema incómodo, sino que es la incomodidad como tema. Ese malestar que está siempre ahí, definitivamente el origen de las dos arrugas más pronunciadas de mi cara: paralelas, verticales, entre las cejas, permanentes.
El malestar de estar escribiendo esto en primer lugar. La fundada sospecha de que estoy efectivamente eligiendo las palabras adecuadas pero aún así el texto no satisfará. Pues el tema no sólo no es satisfactorio, sino que es la insatisfacción como tema.
Hoy no encontraba mis tarjetas: la que preciso para abonar el colectivo aquí y la otra, que registra mi ingreso al trabajo. Ambas estaban, no en mi billetera, que contenía un billete de dos pesos, sino entre las páginas de mi agenda, con la semana sin completar. Al bajar del colectivo, a cuadra y media del trabajo, el frío me recordaba que mi pelo seguía algo húmedo y que mi sombrero y bufanda no lo cubrían. El agua corriente tiene algo, o le falta algo, que hace que mi pelo se vuelva difícil de gobernar y debo humedecerlo para peinarme. No hay sol. Y los viernes no veo el sol, ni el cielo de día.
Que se entienda, además, que no preciso escribir esto. Aunque lo parezca, no es una queja. Es la incomodidad: lo que prefiero ignorar cuando quiero pensar en cosas bellas, o darme ánimo. Pensar en lo incómodo ni siquiera nos da una visión lúgubre u oscura de las cosas. Si así fuera, diría, por ejemplo:

“Cae la noche sobre la ciudad y las calles llevan el olor a pólvora como el aliento de una maldición”


Cuando, mirando al frente, en el colectivo, vemos el recuadro que queda de unas seis generaciones de anuncios pegados con cinta adhesiva contra el vidrio que separa la cabina del chofer de los pasajeros, es simplemente incómodo. Hay cierta impotencia tácita en el incómodo. En este caso porque no puedo, ni me corresponde, levantarme y, espátula y esponja en mano, limpiar el vidrio. Nada más absurdo.
Hay incomodidades, como la que se despliega en los aproximadamente cuarenta minutos que me toma concentrarme antes de preparar mis clases, cuyo fin es evitar otras. En este caso, el sentimiento de inadecuación ante una jornada improductiva. Y más aún: ante una estilo de vida que no nos dé un remanso. Descansar, literalmente acostarse, rara vez es un remanso, creo yo porque sólo se disfruta plenamente si estamos cansados. Pero no cansados de cualquier manera: las energías que fueron gastadas deben haber sido gastadas en las cosas indicadas. Por suerte, hay muchas cosas indicadas. Continuar con este texto en horario laboral no es una de ellas, permítanme una pausa.
La incomodidad es inevitable. Los minutos robados al deber pueden ser dulces como caramelos, pero todos sabemos qué pasa si comemos muchos caramelos.
La incomodidad, finalmente, no es dolor. No lo es siempre. Que una tarea te absorba, te haga fluir, te ponga al límite de tus capacidades, ciertamente resulta doloroso. Pero es así la felicidad. Un lugar donde poner el dolor y trabajarlo. Y esto es etimológicamente correcto, al menos si hablamos de mi versión apasionada de la felicidad. Luego, agotados, tendremos con suerte un descanso merecido.  
Por lo demás, esto último es todo lo que controlamos: cómo podemos trabajar. En este sentido, el buen ocio es trabajo, y del mejor. Sin ir más lejos, estar sentado y respirar es un arte y una medicina. ¿Y quién podrá jactarse de tener autodominio? Si me acerco a algo parecido, podré dedicarme a enseñar, y mereceré el nombre de profesor. Mientras me mantenga aprendiendo, seré estudiante, pero desplazándome en el continuum. Hacia el remanso, donde está
el maestro.

005 - Boom. Headshot.


18/06/12, acerca del 12/06/12 F

Durante la Guerra de Invierno, un conflicto armado que inició un poco antes que la Segunda Guerra Mundial, existió entre las filas finlandesas un francotirador al que le decían valkoinen kuolema. La muerte blanca. Entonces se registraron temperaturas récord de -43°C. Tan sólo imaginemos, un momento aquí conmigo, a la amable quietud de estos -11°C en la garita, imaginémonos esperando en silencio y quietos. Belaya Smert, le decían los rusos. Esperando al Ejército Rojo. El colectivo pasa fugazmente por la esquina, a dos cuadras, antes de doblar y pasar por aquí. Tengo sólo un segundo para verlo, quizá menos, antes de que llegue. Para cuando Simo Häyhä había adquirido su terrible nombre de guerra, los rusos habían designado unidades de contrafrancotiradores selectos, con el mejor equipo y su nombre en cada bala. Equipos counter-sniper enteros contra él. Es sólo un momento, por la esquina dos cuadras al enfrente, unos segundos antes de que pase por aquí, por mi garita. Mi puesto. El bosque. Frío. 505 muertes en 100 días. Espero en el frío. Mi fiel Mosin-Nagant modificado. El colectivo es impuntual. No pasó. No lo vi pasar. Llega la línea A a mi garita, en silencio. Subo, con menos sorpresa que resignación. Bastó el fugaz silencio de una bala.  

Good morning, students. Dreamtime is over.

004 - Final Sorpresa


XX/XX/XXXX

Anoche ocurrió algo muy especial. Creo que debí parecerme, un poco, a un náufrago recién rescatado, abalanzándose sobre un banquete. Anoche, chicos, acabé con mi novela. Sorpresa. Le di un fin. Un cierre. Puse el último punto, por así decirlo. Casi veo ahora mismo los papeles en el piso (la carpeta estaba en el piso cuando lo hice). Me lastimé un poco los nudillos, vaya a saber cómo. Luego, casi satisfecho y con sueño, pues era más bien tarde, junté los pedazos, las tiras, los jirones de papel, y, sin atreverme a leerlos, los deposité en el pequeño tacho de basura, en la cocina, debajo del termotanque. Algunos folios de la carpeta también pasaron por el mismo proceso, por interponerse en mi camino.

Oh, y hoy, hace unos minutos en el colectivo, mi compañera de asiento hizo lo que yo he hecho allá en Río Cuarto más de una vez, sin saber cómo: A una cuadra de su parada, mecánicamente despertó, pidió permiso y se bajó. Misterio.

003 - Mañana de Hierro


30/05/2012 F

Creo que cuando éramos chicos, resultaba más fácil hacer magia. Volveré a esto luego.
Anoche olvidé preparar mi ropa, por lo que tuve que buscar cada artículo individualmente, y esto hizo que llegara a la parada nueve minutos más tarde. Dado que los horarios de colectivo no existen, sino que las unidades se limitan a dar vueltas por la ciudad, siempre salgo bien temprano de casa, por las dudas, y termino esperando el colectivo unos veinte minutos. Hoy lo esperaría menos y nada más, salvo que el escolar que viene acompañándome en silencio por las mañanas no apareció. Hoy mi charco estaba glaceado por un esmalte blanco y duro.
Antes de salir, de todas formas, desayuné mi té con leche, acompañado con un muffin de chocolate, mientras revisaba los clasificados.

“HERRERÍA HEFESTOS”

“¡Genial!”, pensé.

En la garita, para sentir un poco de calor, pensé que acompañaba a mi amigo Hefestos. El yunque sonaba, los fuelles soplaban y el metal resplandecía; pero el frío persistía, y esto no es Grecia: Me encuentro en la fragua de Mim.
Uno de los primeros relatos que he releído era parte de una serie de libros pequeños e ilustrados, hechos en el país en la década de los ochenta. Padre debió comprármelo en una revistería de saldos. Esta colección estaba pensada para lectores jóvenes, pero estaba escrita más que correctamente. Yo tenía el tomo dos, que relataba el origen del protagonista. La serie se llamaba “Gunnar, el vikingo,” y fue mi introducción a la mitología nórdica. Un día, todavía joven, el protagonista va al trabajo (una herrería) e indica que renuncia y que se llevará su espada. Su empleador se la entrega sin decir palabra y continúa trabajando: bastó mirarlo a los ojos para saber que se había vuelto repentinamente un hombre. No recuerdo el nombre de este herrero humano (Mim no lo es, y aparece luego en la historia), pero recuerdo que, una vez solo, se decía “La vida es demasiado complicada para que la entienda un simple herrero como tú.” Gunnar se había enterado, en un sueño, del regalo que le había hecho Odín: Era un guantelete de hierro, tibio al tacto como una mano de hombre.
Creo que cuando éramos chicos - les decía - resultaba más fácil hacer magia. Bastaba que nos gustara un personaje de la televisión para que dijéramos: “Yo soy Tal.” Decíamos “soy”, no “me gusta” o “Tal personaje es mi favorito.” Ahora, la vida es demasiado complicada. Demasiado como para que la entienda un simple, un simple...

Soy Gunnar, Mano de Hierro.
Soy Gunnar, Mano de Hierro.
Soy Gunnar, Mano de Hierro.